En pleno Mundial, el presidente electo Luiz Inácio Lula da Silva ya gobierna Brasil. Arengó a la ciudadanía a que todos usen la camiseta verde-amarela, y no solo los bolsonaristas, lo que tuvo un impacto masivo.

Es más, casi como efecto mágico, Brasil derrotó a Serbia con dos goles de Richarlison, uno de los pocos jugadores del Scratch que se declaró a favor de Lula. Y no solo eso, incluso uno de los goles fue con una espectacular chilena que armó una L en el aire. En contraparte, el archi-bolsonarista Neymar sufrió una lesión, luego de nueve infracciones sobre él, y salió del partido por un «golpecito», como diría el todavía presidente.

El planteo de la camiseta no es algo trivial, implica un intento de reconstrucción de convivencia democrática en un Brasil polarizado, donde una persona corre riesgo de sufrir violencia, incluso de peligro de muerte, por portar una casaca referida a Lula o al PT. Algo que se siente muy fuerte en el Centro y Sur del país, donde pueden llegar a bajarte de un Uber o un taxi por identificarse con el petista.

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No sólo la camiseta brasileña se puso Lula, sino que prácticamente se colocó la banda presidencial y comenzó a delinear la política exterior de Brasil. Ya empezó a jugar en el plano global, especialmente en un ámbito que Bolsonaro abandonó, el ambiental. No solo participó de la 27a. Cumbre de la ONU sobre Cambio Climático, realizada días atrás en Egipto, sino que propuso a Amazonia como próxima sede del evento. La osadía no se detuvo allí: Lula se reunió al margen de la cumbre con el vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, donde acordaron cooperar para frenar la deforestación.

Un giro en política exterior que no se detiene: nuevamente Lula prioriza las alianzas regionales en el continente. El pilar de la reconstrucción es el lazo con Argentina, que se inició con la visita de Alberto Fernández al día siguiente de la victoria de Lula y seguirá desde el inicio del nuevo gobierno, donde el mandatario argentino ya confirmó su presencia en Brasilia el 1º de enero próximo. Incluso, Lula vetó a Helio Vitor Ramos la propuesta de Bolsonaro para la embajada en Buenos Aires, además de otras sedes clave, como el nombramiento para Italia de Fernando Simas Magalhaes (actual vicecanciller) o de Achiles Zaluar para comandar la misión en el Vaticano, otro punto estratégico en la relación con el Papá Francisco.

Oportunamente, el fallecido Marco Aurelio García, un mentor de la política exterior de Lula, sostenía que la estrategia del PT es concéntrica, algo que parece seguir. Inicia desde el vínculo con Argentina, para vigorizar el Mercosur (Mercado Común del Sur), formado además por Paraguay y Uruguay. Con ese marco, propicia un esquema de alianzas de nivel UNASUR (Unión de Naciones del Sur) y se proyecta en la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), un espacio que si bien es un Foro para la Integración Regional se presenta como una alternativa a la OEA (Organización de Estados Americanos).

Y la estrategia no se detiene en el continente, se extiende a nivel global, orientando un vínculo con las principales potencias económicas alternativas a Estados Unidos. Así, buscará revigorizar el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). De hecho, con el gigante asiático tiene un vínculo bilateral clave, con un superávit comercial e inversiones chinas de más de 300 empresas.

A su vez, Brasil retomará las pretensiones de impulsar una reforma de las Naciones Unidas, especialmente por su ambición de obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad, en representación de América Latina, basado en su tamaño y carácter de una economía pujante.

Esa política exterior no implica antinorteamericanismo, sino multilateralismo. De hecho, Brasil recibió apoyo de Estados Unidos para que el brasileño Ilan Goldfajn ocupe la presidencia del BID, un fuerte guiño de Joe Biden al próximo gobierno de Lula que ya está en marcha.  «