El cambio político en Brasil ya comenzó, especialmente en política exterior. En tanto que Geraldo Alckmin, vicepresidente electo, está coordinando la transición interna junto al actual vice Hamilton Mourão, el flamente presidente electo Luiz Inácio Lula Da Silva está desplegando su estrategia en el plano mundial junto a su ladero político Fernando Haddad, quien se perfila a ser Canciller en la próxima gestión.

De hecho, Lula tuvo un rol protagónico en la COP27, dónde presentó una agenda radicalmente opuesta a la sostenida por el actual presidente Jair Bolsonaro. En ese evento, se reunió con los representantes temáticos de China, Xie Zhenhua, y de Estados Unidos, John Kerry. Es más, ahora Fernando Haddad está gestionando las invitaciones recibidas por Lula para priorizar una agenda antes de su asunción. Más allá de que Lula tiene intenciones de devolver la gentileza a su par argentino Alberto Fernández, quien lo visitó el día posterior a su elección, de seguro tendrá un encuentro con Joe Biden, dejando en espera otro con Xi Jinping, sencillamente porque no hay tiempo para dos viajes antes de la asunción, afirmó Fernando Haddad.

Es claro que el multilateralismo será el juego global, con un anclaje en el desarrollo regional. Por eso, la visita a Argentina tendría como objetivo reconstruir el Mercosur, un esquema surgido desde los años ochenta entre Raúl Alfonsín y José Sarney, e iniciado con Carlos Menem y Fernando Henríque Cardoso en los noventa.

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Una estructura que resistió al embate de Bolsonaro, quien se opuso a su continuidad, incluso con un viraje en el vínculo con Argentina de hasta modificar el Libro Blanco de seguridad nacional de Brasil, instalando una hipótesis de conflicto vecinal. Los lazos estructurales entre las empresas regionales y una fuerte capacidad diplomática de Daniel Scioli, actual embajador argentino en Brasil, permitieron sostener un vínculo prudente.

Ahora bien, es verdad que el Mercosur será la prioridad de Lula, sin embargo, el contexto regional y global no es el mismo de los años noventa. La impronta, en principio, tendrá un carácter más político que comercial. Algo que ya había tomado como agenda el Mercosur, cuando se aplicó la cláusula democrática a Paraguay luego del Golpe a Fernando Lugo.

Por otra parte, si se toma la experiencia europea, hay mucho por aprender. Mientras cierta visión de izquierda impulsa una moneda única, cabe señalar que el euro encorsetó la política monetaria de los países, impidiendo propiciar consumo en su recesión, lo que podría ser una alerta para seguir ese camino. Es más, llama la atención, que Martín Tetaz, un economista ortodoxo, esté alentando que Argentina adopte el real como moneda común.

Lo que es cierto, es que debería haber una coordinación monetaria, orientada a sostener la política monetaria de los países de la región, con sistemas de reservas de divisas compartidas. Que permita equilibrar capacidades de todos los miembros del acuerdo regional, evitando efectos perjudiciales como en la Unión Europea, expresados en los llamados PIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España).

En ese sentido, el reclamo de flexibilidad de acción por parte de Uruguay es comprensible y no viene solo del neoliberal Lacalle Pou, sino que fue expresado tanto por Tabaré Vázquez como por el Pepe Mujica. Es que una negociación conjunta no puede soslayar los beneficios que podría tener un país pequeño en su accionar individual, más allá que sea un chantaje imperialista proponer líneas de negociación unilateral para quebrar el bloque.

En ese sentido, Lula y Fernández deben poner el desarrollo en infraestructura en la agenda del Mercosur, que permita revertir la situación donde para Argentina es más barato colocar un producto en una góndola en Beijing que en Brasilia. En ese sentido, refortalecer la red fluvial de la cuenca del Plata articulada con el Amazonas e incluso el Orinoco, permitiría un lazo productivo y comercial de mayor envergadura.

Además, resulta importante politizar al Mercosur, dotando de mayores facultades al Parlamento Común. De manera de avanzar a una dinámica que fortalezca los derechos de todos los pueblos y no sólo los intereses de los grupos empresariales. En tal sentido, es necesario coordinar no sólo la macroeconomía, sino también propiciar la ciudadanía de la región.  «