miércoles, 19 de marzo de 2014

20 años del EZLN





Con la reforma del artículo 27 de la Constitución mexicana y la aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), se promovía, desde el estado y los sectores empresariales mexicanos, un proceso de cambio dentro del sector agrícola.
A partir de entonces, comenzaba un período de modernización y progreso para el  campo mexicano, donde las principales medidas  dispuestas eran la privatización del ejido y la concentración de  la posesión de tierras.
En contra de esta corriente neoliberal que bañaba buena parte del continente latinoamericano durante la década del ´90, se produjo un  levantamiento en el sureste de México. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), dijo ¡Ya basta! en enero de 1994. Mediante esta insurgencia, se intentaba forjar un cambio profundo en la composición futura de la nación. Se problematizó sobre la cuestión indígena y se abrió un canal de diálogo para un amplio sector de fuerzas políticas y sociales que se encontraba sin participación activa en el debate político, intentando romper con la hegemonía impuesta desde el sistema político tradicional y los medios de comunicación de este país. De este modo, colocó en la agenda política una serie de temas de los cuales no se hablaba hasta entonces, no tenían visibilidad social. Se hizo notoria la falta de representación política del sistema de partidos mexicano y la imagen estereotipada de los indígenas basada en el lugar común y en el paternalismo tendió a desarticularse.  El fenómeno zapatista alcanzó una importante legitimidad social a partir de las demandas en contra del proceso de modernización del campo, que dejaba sin alternativas a un amplio sector de la población campesina e indígena.

Nuevos Movimientos Sociales


Durante estos últimos veinte años, se observa un fenómeno social semejante en los países latinoamericanos. Luego de una década de práctica neoliberal en buena parte de la región, el resultado fue una creciente exclusión social de amplios sectores de la población. Se comienza a observar desde otra perspectiva al Estado y el sistema democrático. Se rompe con los tradicionales mecanismos del modelo de representación democrática y se busca una salida de la crisis por medio de nuevas formas de socialización y cooperación entre los distintos sectores sociales afectados.
En este contexto surgirán los nuevos movimientos sociales (NMS), que intentarán distintas alternativas para escapar a esta crisis que los colocaba en una situación de gran incertidumbre económica y ante el temor de la exclusión social. Serán organizaciones o movimientos heterogéneos, desarticulados, con una gran variedad de demandas y una forma de acción espontánea, de poca previsibilidad y, en la mayoría de los casos, decidida al calor de los hechos. Ante el vacío de poder político que se había sucitado, existió una postura de resistencia por parte de la sociedad a volver a insertarse en el sistema de partidos tradicional, expresando que su posición es más radical, aspirando a una modificación sustancial de la política tradicional y la representación política-democrática.
Estos nuevos colectivos sociales se distancian de los partidos de izquierda clásicos, ya que no pregonan la toma del poder, y se alejan de las estructuras sindicales clásicas donde se hacen peticiones políticas y económicas particulares.
La forma organizativa del Zapatismo implica el autogobierno y la horizontalidad de los vínculos. Se plantea la idea del “mandar obedeciendo” como práctica política, donde las decisiones centrales del movimientos las toma la base del mismo, pudiendo destituir a quien no represente de forma cabal los intereses mayoritarios.
Los comunes se rigen a través de la modalidad de propiedad colectiva, estableciendo una autogestión por parte de los campesinos e indígenas que habitan la región. De esta manera se garantiza el bien común para todas y todos, donde la participación activa de la comunidad en la toma de decisiones resulta imperiosa para evitar la estructuración jerárquica de la política.

Críticas

La crítica más común que se le realiza al zapatismo es la ausencia de un fuerte componente indígena dentro del movimiento o la falta de protagonismo de los mismos a la hora de tomar las decisiones competentes para el avance del movimiento. Esta acusación se centra en la idea racista de que los indígenas son manipulados por los líderes del movimiento, entre ellos Marcos, y se los induce a sostener un proyecto anti-capitalista, “violento”, del cual no poseen una idea clara y conciente de lo que significa y qué se propone.
Sin embargo, se puede afirmar que el zapatismo constituye el movimiento indígena más importante de México. Además constituye un grupo armado, regional y comunitario, donde conviven organizaciones sociales católicas, comunidades de Chiapas y sectores de la izquierda mexicana e internacional.
En cuanto a la relación con la sociedad mexicana, se puede observar una intención concreta del movimiento zapatista a estar abierto al diálogo y promover políticas conjuntas con el resto de la sociedad, es decir, evitar el sectarismo y el recluimiento, términos sumamente empleados al momento de analizar al zapatismo.
Ejemplos de esto son: en 1994,  la Convención Nacional Democrática, un cónclave que reunió en Chiapas a cientos de organizaciones de todo el país; en 1996, los diálogos de San Andrés convocaron a dirigentes, intelectuales y personalidades políticas a discutir los temas de una agenda de derechos indígenas; en 2005-2006, la otra campaña, una iniciativa política no partidaria, no electoral, que promovía la formación de  un proceso de cambios políticos de corte anticapitalista. 

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